You don't have javascript enabled. Please, enable the javascript or try another browser.

Um pedido de los venezolanos: una oportunidad

         

 

“Ellos dicen: “yo voy como sea y pido que Dios me ayude”. La frase es de la periodista, madre y coordinadora del proyecto “Brasil, un corazón que acoge”, Alba González. Venezolana, Alba resume lo que le salta a los ojos en Buena Vista, capital de Roraima, donde centenares de venezolanos acuestan la cabeza en las maletas y duermen en el suelo, muchos al relento. “Los más preparados” trajeron carpas – una especie de tienda – lo que hace quien observa pensar que ya vinieron sabiendo que no tendrían vivienda.

Los caminos de Alba y los de “Fraternidad sin Fronteras” se cruzaron por medio de una conexión, que fue además de una simple llamada. "Cuando usted siente muchas ganas de hacer alguna cosa y coloca toda su energía en ese sentimiento, va a atraer con certeza lo que busca", describe Alba. En el momento, es ella quien hace el levantamiento de familias consideradas de mayor vulnerabilidade para um alojamento fraterno.

La terminal rodoviário de Buena Vista se tornó hogar pasajero de tantas familias. Hace poco más de una semana, venezolanos que allá vivían fueron llevados para abrigos. Divididos en grupos, los indígenas fueron llevados para uno abrigo en la región de la Pintolândia y los no indígenas para el barrio Tancredo Nieves.

"Todos dejamos alguna cosa atrás, algunos más que otros. La familia, los amigos, los vecinos, la comida... Dicen que el inmigrante es un huérfano que va de local en local, buscando llenar el vacío del corazón", describe.

Algunas familias abrieron el corazón para Alba. La dueña contó su historia, pero no quiso ser fotografiada. Tiene vergüenza de ser reconocida por algún familiar en Venezuela. La señora dejó casa e hijo cursando facultad en el país de origen a la espera, no de un futuro, pero de un presente mejor.

La población de migrantes está compuesta por personas de ciudad y de campo. Los “criollos”, como se autodenominan los venezolanos urbanos, vienen a Brasil para intentar tres posibilidades: hacer dinero suficiente para volver e intercambiar en bolívares, en Venezuela, lo que sería mucho dinero allá; quedarse en Brasil trabajando, viviendo de alquiler, o en una casa cualquiera, y enviar dinero a la familia que se quedó; o, por fin, trabajar, estudiar, traer la familia de Venezuela, sin retornar más.

Ya los venezolanos de campo buscam lo mismo que buscaban allá: tener condiciones de alimentarse y cuidar de su familia, pues en la región donde viven, si ya era muy difícil subsistir, ahora, con la crisis en el país, quedó peor. “Ellos dicen que mueren de hambre y de enfermedades en Venezuela”, cuenta Alba.

Uno de los líderes Warao, una de las principales etnias indígenas del país vecino, justifica que la comunidad vino atrás de comida, al percibir que muchas personas estaban migrando para Roraima. “Aquí extienden redes y hacen barracas improvisadas con pantallas de plástico e intentan quedarse debajo de los árboles”, detalla Alba. Existen al menos três comunidades indígenas: de la misma etnia, la warao, que hoy está en el abrigo de la Pintolândia. Son ellas la Espanã, la Burojosanuca y la Cuberuna. Todas vinieron con sus líderes. Hay aún otra etnia, la Panare (Eñape), natural de Caicara del Orinoco, Estado Bolívar.

Segundo levantamiento de la coordinadora del proyecto en Roraima, los indígenas carecen de educación formal: los que más estudiaron llegaron solo a la enseñanza fundamental. Muchos siquiera hablan el español, lengua oficial de Venezuela. Luego, la principal demanda, además de la oportunidad de trabajo, es aprender el portugués.

 

 

 

Spanish

Add new comment